'La Odisea' de Nolan que debió ser 'La Anábasis'

 

La Odisea de Christopher Nolan es el enésimo ejemplo de que una película te puede gustar mucho pese a que haya muchas cosas que no te convenzan.

Como en toda adaptación que se precie, Nolan se ha tomado las licencias creativas que le han venido en gana, actualizando a diestro y siniestro. Ningún pero; todo mi respeto. Entiendo que hay peajes de época que pagar. Por ese motivo, aunque eche en falta bastantes detalles, personajes y frases (¿por qué quitaste «Mi nombre es nadie», Christopher?, ¿POR QUÉ?; es como quitar el monólogo de Hamlet, cacho animal), mi balance final es bastante positivo.

La película es Nolan, de los pies a la cabeza. Hubo un momento en el que no sabía si estaba viendo a Odiseo o al protagonista de Memento: sólo le faltaban los tatuajes para recordar. Me toca las narices que Ulises sea un marine atormentado (bastante; el calvinismo puritano y su deleite enfermizo con el sentimiento de culpa que todo lo infecta aquí no pintaba nada). La relación entre Telémaco y Penélope me hizo pensar (es coña) que Nolan no se había leído La Odisea —o si lo hizo, fue hace mucho, mucho tiempo—. Que Circe sea una granjera irlandesa me parece una fumada de marca mayor (aunque dé lugar a una de las mejores secuencias de la película). Que los personajes sepan que están en la Edad de Bronce me hizo reír (gensanta, cuando Ulises dice «Nuestra edad de bronce está colapsando», es como si alguien saliera en una película diciendo: «Mamá, me voy a la guerra de los 30 años»). Que nos expliquen 28.763 veces que la guerra de Troya fue por intereses económicos me aburre, y hay momentos en los que creo que han perdido la cuenta de los soldados de Ítaca y aparecen más guerreros de Ulises a mitad de película que al principio...

Pero, pero, PERO... tiene tantas cosas que me gustan: ese Cíclope que parece salido de una película de Guillermo del Toro; algunas interpretaciones magníficas, como la del gran Leguizamo o la grandiosa Hathaway (si podéis, vedla en V.O.; una vez superas el mal rollo de ver a mediterráneos de la Antigüedad hablando inglés con acento de Arkansas, se disfruta más)... Y algunas flipadas me encantaron, como que los lestrigones hayan salido de Excalibur (sublime, grandioso, maravilloso...), en una secuencia que me hizo saltar en la butaca como un niño.

Por eso, al hacer balance tras salir de la sala, me posiciono con los que la consideran buena o incluso muy buena. O mucho cambia la cosa o, de largo, será de lo mejor que Hollywood nos ofrecerá este año. Al menos para mí. Creo que es una película que vale la pena ver y la recomiendo sin ambages.



Con todo, tras verla pensé que igual lo que tenía que haber hecho Nolan es 
La Anábasis, que encaja muchísimo más con su personalidad. Ahí sí tiene sentido que el protagonista sea un soldado atormentado. La filmografía de Nolan es, grosso modo, un catálogo de hombres organizados en estructuras jerárquicas, atrapados en territorio hostil y liderando retiradas desesperadas. Piénsalo:

Dunkerque: soldados rodeados, esperando un milagro en la orilla.

Interstellar: una misión militarizada al espacio, con rangos, órdenes y un objetivo de supervivencia.

Origen: un equipo de mercenarios en una operación imposible, con un líder que oculta su trauma.

Tenet: operativos temporales, lealtad ciega, traición y estructura de comando.

Oppenheimer: un hombre al frente de un proyecto militar masivo, devorado por las consecuencias de su liderazgo.

La Anábasis de Jenofonte es exactamente eso: 10.000 mercenarios griegos atrapados a mil millas de casa tras la muerte de su líder, obligados a improvisar un mando colectivo, atravesar territorio enemigo y llegar al mar. Es Dunkerque en la Mesopotamia. Es The Warriors —la cual ya es una adaptación moderna de La Anábasis, al igual que esa joya poco conocida en España de Walter Hill, La presa (Southern Comfort)— por el Mare Nostrum.

Nolan no tendría que haber forzado a Ulises a ser un marine atormentado. En La Anábasis el protagonista ya lo es. No hay que inventar nada. La culpa, la traición, la supervivencia, la marcha desesperada, el grito de «¡Thálatta! ¡Thálatta!» (el mar, el mar)... todo eso es Nolan en estado puro, sin necesidad de maquillar un poema que no le encaja.

Al adaptar a Homero, Nolan ha tenido que amputar algunas de las cosas que hacen grande a La Odisea:

No hay astucia verbal (se cargan las mentiras cretenses y el «Nadie»).

No hay seducción ni sexualidad (Calipso convertida en terapeuta, Circe en granjera aterrorizada).

No hay dioses con preeminencia (Atenea es una conciencia pasiva que mira fijamente).

No hay humor, ni ironía, ni juegos de palabras.

La Odisea es oralidad, engaño, erotismo, magia, hospitalidad y reconocimiento. Es un poema de palabras. Nolan es un director de imágenes y estructuras: que lo haya adaptado ha sido como si un arquitecto hubiera diseñado un vestido. De por sí tiene mérito, pero es contra natura. 

La Anábasis, en cambio, es logística, geografía, tensión militar y liderazgo improvisado. Es un texto seco, pragmático, casi cinematográfico en su descripción del terreno y el movimiento de tropas. Jenofonte no es Homero: no canta, informa. Y Nolan es un informador visual brillante. El mejor de nuestro tiempo. Uno de los más grandes.

¿Qué sucede? ¿Por qué no lo han hecho? Imagino que porque adaptar La Anábasis es para valientes (¿locos?), porque a Jenofonte lo hemos leído cuatro gatos que estudiamos griego en el extinto 3º de BUP, y los ejecutivos y los fondos de inversión que financian todo el tinglado no tienen ni repajolera idea de quién es (o peor, saben quién es pero están convencidos de que la audiencia es tan tonta que no le interesaría). Y es que ni siquiera Nolan, ni siquiera él, que lo es todo, puede hacer lo que le dé la gana.

Así que en la práctica Nolan ha tirado por lo cómodo, aunque no lo parezca, por lo famoso: Homero, que se imparte en todos los institutos de Occidente, y La Odisea, cuyo argumento ha sido recreado tantas veces que, quien más, quien menos, todo el mundo lo conoce. El dinero es muy timorato y solo apuesta sobre seguro. Rojo o negro. No más. 

En el fondo, perdón por la maldad, Nolan no es tan tan tan tan autor; es un poco más convencional de lo que sus publicistas admitirían. Nolan aparenta ser un intelectual sobrio y austero que se la juega con textos difíciles, aunque en realidad siempre elige el camino que le permite seguir siendo Nolan sin arriesgar su identidad comercial. Por eso puede hacer películas de 250 millones. 

Que no se entienda como una queja o un demérito. Sería muy injusto. Exigir a un blockbuster de Hollywood fidelidades y matices literarios tan finos es una quimera, un imposible. Es vivir fuera de la realidad. Por eso, me quedo con la idea de que bastante han hecho, de que tienen mucho mérito y todo mi aprecio, y si mañana viera por la calle a Nolan le daría un enorme abrazo y veinte besos. Ojalá todos los años Hollywood pudiera garantizar un par de largometrajes como éste. Lo firmo ya. Sería maravilloso.




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