martes, 9 de octubre de 2012

Una muerte (cuento)


Portada de 'Valencia criminal' dibujada por Luis Lonjedo.



Relato incluido en la recopilación 'Valencia criminal', publicado por la editorial El Full. Basado en un hecho real.

La primera persona que se encontró el cadáver fue otro drogadicto, uno de los que se dedicaban a avisar a los «morenos» cuando se acercaba la Policía o, como ellos decían, «a dar el agua». Fue poco antes del amanecer. El drogadicto se acercó a unos setos para tomar su dosis y vio el cuerpo. Informó a los «morenos» y estos decidieron escampar.
Fue un vecino de Mislata, don Anselmo, sesenta y tres años, prejubilado de Telefónica, viudo, con dos hijos, quien dio el aviso. Don Anselmo era de los pocos a quienes no les daba miedo los drogadictos que se congregaban al final del pueblo, en los campos de huerta que rodeaban la pirotecnia Gori. Todo lo más, sentía pena por ellos. Por eso seguía paseando a su perro por allí pese a las reticencias de sus hijos.
Fue su setter quien le dio la alerta, como hacen los canes, dando vueltas en torno al cuerpo.
Al principio no le prestó mucha atención y tardó en percatarse de que algo sucedía, de que el ir y venir del animal en torno a un mismo seto, al que ladraba de manera intermitente, tenía un sentido concreto. Don Anselmo se aproximó entonces y descubrió el cuerpo de David, tumbado de lado, con la boca y los ojos abiertos, lleno de moscas. Retrocedió azorado. Llamó a su perro, lo encadenó y con paso raudo se dirigió hacia la zona poblada.
No llegó a su casa. Llamó desde un bar.
En jefatura dieron parte a la comisaría de la Policía Nacional de Mislata. A Sergio, el inspector que llevó el caso, le avisó un agente que entró en su despacho. No tenía previsto salir a la calle antes de las once y había decidido dedicar la mañana a ordenar papeles. Tomó nota de la descripción del emplazamiento. Se encargó él mismo de llamar a su compañero, Diego, que en ese momento dejaba a sus hijos en el colegio. Le dio quince minutos de margen y le pidió que pasara a recogerle.
Cuando llegaron al descampado les esperaban dos agentes «de motos» de Valencia, que se habían acercado por el revuelo que se había formado, y una ambulancia del samu. Los de la ambulancia les llevaron hasta el cuerpo, que estaba escondido entre cañares, y volvieron a su vehículo. Cuando Sergio se aproximó a ellos, el médico le dijo que no quería certificar su muerte, como ya preveían. Acto seguido, avisaron al juzgado de guardia. Siguiendo la rutina habitual, el juez delegó en el forense el levantamiento del cadáver.
—En el momento en el que veas algo raro me llamas y voy —le dijo.
Mientras aguardaban a que llegase, Diego tomó una nueva declaración a don Anselmo. Por su parte, Sergio y los de motos, que se presentaron como Alberto y Javier, examinaron el cadáver, acotaron la zona y pusieron las marcas de los objetos que habían encontrado a su alrededor: una jeringuilla, algunas dosis de droga, una navaja multiusos y un trozo de papel de plata ennegrecido. Aparte de recoger esos utensilios, decidieron que hasta que llegase el forense no iban a hacer nada más que mirar. Al observar de cerca el cuerpo, Sergio sintió una patada en el estómago. No se acostumbraba a ver fallecidos. Ése se notaba que llevaba tiempo a la intemperie. En los brazos desnudos y en los pies se distinguían mordiscos de ratas.
—Tendremos que sacarlo luego de aquí, pero que lo diga el forense.
Los de motos se mostraron de acuerdo.
Diego terminaba de interrogar a don Anselmo cuando llegó el forense, un pipiolo que aparentaba mucha menos edad de la que tenía. El chico se presentó muy educadamente. Sergio lo conocía por un par de casos y tenía buenas referencias. Se acercaron juntos a la ambulancia donde el médico le explicó lo que había visto. Hacía apenas dos meses que había aparecido otro cadáver en la zona, asesinado. Por eso prefería no certificar él mismo la muerte. Si era otro asesinato, se metería en un berenjenal y no quería problemas. El forense no comentó nada, pero resultaba evidente que lo que subyacía no era tanto un escrupuloso sentido del deber como el deseo de quitarse de encima una complicación. Tras ello, caminaron hacia el interfecto.
—¿Le han registrado por si tiene alguna identificación?
—Esperábamos a que llegase usted.
—Le agradezco la cortesía; ojalá todos fueran como usted —le dijo.
A Sergio le gustó ese comentario. Se acercaron al cuerpo. Los de motos enumeraron lo que habían recogido.
—Está claro por qué había venido aquí —murmuró el forense.
Diego, que sabía de los escrúpulos de su compañero con los cadáveres, le reemplazó y se ofreció a sacar el muerto y hurgar entre su ropa. Le ayudó Javier. El forense les dio unos guantes y se puso otros él mismo. Con ellos ya enfundados palpó la tierra sobre la que había dormido el muerto y comprobó que no lo habían traído de otro sitio.
—No hay marcas de que lo hayan arrastrado —comentó en voz alta.
—Entonces, ¿murió aquí?
El forense se volvió y miró los caminos que conducían hasta el lugar.
—Sí. Debió venir por allí, a juzgar por esas huellas y por cómo se han doblado las cañas en esta zona.
Señaló un sendero de arena que se perdía por la huerta.
—A ojo, ¿cuánto cree que lleva muerto? —preguntó uno de los de motos.
—Más de doce horas seguro —calibró el forense, intentando doblar un brazo del cadáver—; este cuerpo parece un témpano. No tiene signos de putrefacción, con lo que lleva menos de tres días. Entre doce y treinta y seis horas.

Ilustración de Luis Lonjedo.
A pesar del deterioro causado por la adicción, aún se distinguían bien los rasgos de su cara. Más mal que bien, pero se le podría identificar. Los de motos le indicaron un par de tatuajes típicos del talego, un Cristo y un águila con una leyenda debajo sobre la libertad. Uno de los de motos, Javier, señaló los numerosos estigmas producidos por el consumo de heroína en las flexuras de sus codos y en sus antebrazos.
—Joder —silbó—, éste estaba muy jodido —comentó.
—Seguro que tenía el ‘bicho’ —apuntó su compañero Alberto.
«Bicho». Sida. El asesino predilecto de los yonquis. Sergio retrocedió un paso, como si la enfermedad pudiera saltar del cadáver y adherirse a su cuerpo. El forense le leyó la mente.
—Los muertos no lo contagian —sonrió con malicia.
Sergio ladeó la cabeza y le replicó con media sonrisa. No dijo nada. Habría significado lo mismo que reconocer su aprensión, y eso era fatal, un signo de debilidad para un inspector de policía. Hizo de tripas corazón y continuó observando en primer plano unos minutos más. El pipiolo ya no le caía tan bien. «Capullo», se dijo.
El forense hurgó en la ropa del muerto. Encontraron una cartera. La abrieron y hallaron un carné caducado. La cara no era muy diferente de la del cuerpo. Los ojos, los labios y la nariz resultaban reconocibles. Se la tendió a Sergio, quien la asió con cuidado, como si fuera una delicada antigüedad. Tras sopesarla, sacó el carné de identidad y se lo pasó a Javier.
—¿Puedes preguntar en jefatura por este tío? —le preguntó al chico de motos.
Javier asintió.
—Sin problemas.
Éste se acercó a su moto con el carné en la mano. Pidió por radio que cotejaran datos. Les dijeron que tenía antecedentes, como esperaban. Les informaron de que había salido de la cárcel hacía apenas unos meses por razones humanitarias, «bicho». Estaba en la calle con la condicional y se había decretado su busca y captura porque no se había presentado en el juzgado. Javier le devolvió el carné a Sergio.
—Las has clavado —apuntó Sergio señalando a Alberto—. «Bicho».
Él sonrió.
—Este chaval ha palmado de shock anafiláctico —sentenció el forense.
—¿Nada puede hacer pensar que lo han matado? —preguntó Sergio.
—No —sentenció tajante mientras se quitaba los guantes—. Ni un indicio. Con «bicho», sin defensas, habrá reventado a nada que le haya sentado mal el corte de la droga. Siempre pasa lo mismo con estos desgraciados. Los yonquis no mueren. Están ya muertos. La droga los remata.
Dejaron irse a don Anselmo y le dieron las gracias por su colaboración. El forense, tras realizar dos preguntas rutinarias más al médico del samu, le dijo que podían levantar el cadáver y llevarlo al Hospital Clínico de Valencia, donde le practicaría la autopsia. Les pidió sus datos a todos los policías para poder escribir el acta.
—Bueno, me voy a redactar el informe preliminar, que la familia no lo podrá enterrar si no se lo mando al juez antes de mediodía. ¿Se encargan ustedes de buscar a los parientes? —preguntó a Sergio y Diego.
—Sí. Seguramente, sí. Si no nosotros, alguien de uniformados.
—Bueno, pues que les sea leve. Gracias a todos. Y buen trabajo.
Los de motos saludaron su amabilidad.
—Un tío majo —comentó Javier.
Sergio masculló algo en voz baja que nadie entendió. Se despidieron y siguieron haciendo la ronda por la zona.
Sergio y Diego se iban a marchar también pero encontraron algo que les hizo quedarse. Cerca de donde habían estacionado su coche, un tipo había dejado su viejo Golf rojo. Le habían destrozado la ventana del conductor. Esperaron hasta que el dueño del coche regresó. Lo hizo junto a una rubia. Al tipo le cambió la cara al ver a la Policía, tanto que no se enfureció cuando descubrió la luna rota, a la que miró como una incidencia menor.
Sergio les pidió la documentación. Ella sólo tenía una tarjeta de identificación de Instituciones Penitenciarias. «Ésta también está jodida», pensó. Él, un dni caducado. «Vaya pareja», se dijo Sergio, «Dios los cría y ellos se juntan».
—No hemos hecho nada, agente —dijo él.
—¿Habéis visto algo raro? —preguntó tras devolverle la documentación.
—Aquí todo es raro —rio ella.
A Diego le costó contener una sonrisa. Sergio quiso marcar territorio. No le gustaban las bromas a su costa. Fue escueto y severo.
—Ha aparecido un muerto. Tenía un tatuaje de un Cristo en un brazo y uno de un águila en el otro.
Los dos yonquis amorraron.
—Coño —masculló ella.
—¿Sabías de alguien que llevara esos tatuajes?
—No —respondió él.
Diego y Sergio se miraron. Sergio miró de nuevo a los dos yonquis. Estaban sorprendidos, o al menos eso parecía. Si tenían que ver con la muerte, cometerían un error bastante grave dejándoles marchar, pero nada invitaba a pensar que supieran algo. Semejaban sinceros. Les pidieron una dirección para estar localizables, el del coche dio la suya, y les permitieron irse.
—Este sitio no es muy recomendable —les dijo Sergio.
—Sí —murmuró la chica—; sobre todo hoy.
Los dos se subieron al coche. Les vieron partir.
—¿Tú qué crees? —preguntó Diego.
—Que son unos pringados y que no tienen nada que ver.
Fueron a almorzar a una cafetería situada a quinientos metros, cerca de un pabellón polideportivo. Sergio la conocía por un compañero del pueblo. No comentaron nada del muerto ni de lo que iban a hacer. Sí hablaron con el encargado del lamentable estado de los drogadictos.
—El otro día vi a una rusa que era preciosa y ahora da pena —dijo el del bar—. Guapa de verdad. Una lástima de mujer.
—Lo que toman les consume —abundó Diego.
—Parecen espectros. Y además, huelen mal —se quejó el del bar.
Mientras hablaban entró un magrebí al que se le habían caído todos los dientes. Esquelético. Rondaría los treinta y cinco años pero semejaba que hubiese cumplido cincuenta hacía un par de semanas. La ropa estaba sucia, manchada de polvo. Compró una botella de agua y se despidió del encargado y los agentes. Le vieron alejarse, subir la calle. El del bar habló de que ése salía con una chica que se había desintoxicado en el Proyecto Hombre. Llevaban meses sin saber de ella e incluso especularon con su suerte. Volvieron a verla hacía un par de semanas. Iban juntos. Ella ya andaba trastabillándose.
—Creo que se prostituye; bueno, casi todas las que van allí se prostituyen.
—No sé quién puede tener tripas de acostarse con una de ésas.
—Yo las obligaría a pagar a ellas —rio el del bar pero nadie le siguió la gracia.
Sergio y Diego acabaron sus bocadillos. Hablaron de fútbol un rato con el dueño del bar y salieron de allí en dirección a su coche.
Subieron la calle Joan Manuel Serrat en dirección al polideportivo donde habían aparcado el coche. El sol estaba alto en medio de un cielo azul claro. Era un buen día. En el centro de la perspectiva se podía distinguir claramente la silueta del Hotel Hilton, la cota más alta de Valencia, entonces en construcción, recubierto de plástico, y que parecía vigilarles desde la distancia coronado por una grúa. Era el guardián de la ciudad. Enfrente de donde habían aparcado, una inmobiliaria anunciaba con una gran valla publicitaria una nueva promoción de apartamentos y áticos de lujo en la zona, con vistas al Parque de Cabecera.



Lonjedo, en su estudio.



viernes, 22 de junio de 2012

Canon, Vimeo, la abuela del productor y el nudo gordiano



     El pasado mes de octubre formé parte del jurado de la sección de cortometrajes del festival de cine de Albacete. Durante las deliberaciones Gabriela Martí, directora de cine y directora del Festival Rizoma, criticó un cortometraje por ser un ejemplo más de “la estética Canon”, dijo. No le gustaba la limpieza de imagen de las cámaras digitales de alta definición, su juego de enfoques. Era algo personal, admitió.
     No hubo mucho debate porque el cortometraje, la verdad, es que era bastante malo. No diré nombres.
     Desde entonces, me he fijado y he detectado esa estética. Es verdad. Existe. ¿Quién le diría a los ingenieros de la firma japonesa que iban a suponer una corriente visual en el cine? La mayoría de las producciones independientes se ruedan con estas cámaras. Series de televisión. La revolución estética a través de la ingeniería y la informática. Homo habilis. Homo faber.
     Estoy montando mi primer largometraje. Trabajo con Rubén Soler Ferrer, del colectivo Cápsulas Musicales. He acudido a él a través de mi amigo Manolo Tarancón, alguien de quien siempre pienso que debería verle más a menudo. Manolo Tarancón y él han trabajado juntos mucho. Me gusta el documental ‘La inercia de la costumbre’ de Rubén. Es un trabajo promocional sobre Manolo que acaba convirtiéndose en un relato de nuestro tiempo, de la escena musical española, usando la Comunidad Valenciana como metáfora.


     Rubén trabaja con cámaras digitales. Edita él mismo sus trabajos con un Mac como el que yo he soñado tener alguna vez. Emplea una Canon que es su arma. Las cámaras digitales y los programas de la gente de Steve Jobs le permiten ser libre. No depender de nadie. Tu límite es el dinero del que dispongas. Y si no tienes dinero, hay algo bueno en ser pobre: La crisis no te puede arruinar, ya estás arruinado. Si no tienes casa, no te la pueden quitar. Si no tienes posesiones, no las puedes perder.
     Hablamos de la estética Canon, del preciosismo tramposo de algunas producciones, de los desenfoques…
     —En Cápsulas musicales les llamamos ‘vídeos de Vimeo’ –me dice Rubén.
     Vimeo como canal público. Vimeo con un canal temático de cine independiente. Internet como medio de comunicación. No esperéis al futuro; él vendrá solo.
     Es curioso lo de las cámaras digitales. Baratas, rápidas, fáciles de editar, son muy atractivas para el usuario avanzado o profesional.
     Pero no todo son ventajas. El uso de esas cámaras condiciona, y mucho, los rodajes. Tienen unas peculiaridades que impiden, por ejemplo, los barridos. Así me lo comenta Hwidar. Él, junto a Adán Aliaga y Carla Subirana las han empleado en la película ‘Kanimambo’ que han rodado en África.


     En el caso de Rubén, que rueda documentales, su versatilidad las convierten en aún más atractivas. Te manejas bien. No necesitas mucha preproducción. Recuerdo que Danny Boyle las empleó para ’28 días después’, en las escenas de Londres vacío. Elogiaba esa velocidad de rodaje. Y cuanto más rápido sea la filmación, más barata la producción.
     Es cierto que si no eres muy hábil como cámara, mi caso, algunas grabaciones serán una castaña. Pero lo cierto es que te quita la dependencia de tener un equipo, un presupuesto y un productor. No digamos ya una subvención. No hay presiones.
     El dinero es asustadizo y en tiempos de crisis se vuelve aún más cobarde. Muchas productoras buscan oráculo. El pensamiento encuesta, la glorificación de la idea de masa sobre la de medio, les da supuestas certezas. Se construyen películas sobre conceptos tan vagos como “lo que la gente quiere...”, “lo que la gente piensa...”, como si la gente fuera una docena de tipos que se sientan en el parque de la Avenida Gregorio Gea de Mislata y uno pudiera ir a consultarles.
     En una ocasión un productor valenciano le dijo a un cineasta también valenciano: “Tienes que cambiar el argumento; mi abuela no lo entendería”. Según las últimas informaciones de las que dispongo, la abuela estaba muerta. No diré nombres.
     Ahora nadie se arriesga. Nunca se han arriesgado pero ahora menos. Y en ese contexto, con las ayudas en el limbo, con las cadenas públicas sometidas al terror de las valquirias, hay pocas salidas. Las cámaras digitales abaratan las producciones, son una puerta. Habría que escribir para ellas. Pensando en ellas. Como si fueran actrices, cantantes, divas que pueden levantar una película. La herramienta se convierte así en un censor para el guionista. Un censor amable. Miras a la cámara y ella te dice:
     —Ya sabes, nada de barridos.
     Estar con ellas te ahorra la mitad de la película. Estar con ellas permite que existan producciones que en otro tiempo ni se habrían planteado existir.
     Pero después queda el escollo de siempre: la distribución, la promoción, las ventas.
     Y es entonces cuando me doy cuenta de que el nudo gordiano sigue intacto. 

miércoles, 30 de mayo de 2012

Blanco White (1775 –1841)




Cartas de Juan Sintierra (1811)
Carta Cuarta


"¿Qué se debe a las Cortes? No hay que tomar las cosas en globo; yo no quiero ni sobrecoger la opinión con generalidades; ni menos, a pesar del poco de mal humor que me ha causado mi antagonista, es mi ánimo pintar las cosas con negros colores, sin otro fruto que causar desaliento. Porque las Cortes pueden hacer cosas muy buenas, y porque no las creo corrompidas, ni mal intencionadas, me ocupo alguna vez en pensar en ellas, y en contribuir por mi parte a aguijonarlas, no obstante su soberanía; porque, amigo, el solio bajo que se han puesto, está de tanto tiempo empapado en adormideras, y tan afelpado de relumbrones, que a no haber quien grite, y murmure, sería muy de temer que la mitad de los diputados roncaran, y la otra mitad se divirtiesen entretanto con los oropeles. No lo dude Vd. Hay mucha propensión a ambas cosas en los que suben al mando en España. No porque sea en España o Turquía (que luego salen con la nación a pleito), sino porque en todas partes donde hubieran antecedido los gobiernos que allí, sucedería lo mismo. Los hombres todos son aficionados al oropel del mando aún más, a veces, que al mando mismo; y mientras más ajenos han estado de mandar, más aficionados al oropel todavía. Nada, nada puede curar de esto a un gobierno nuevo, sino una perpetua censura; y cuidado que la cura es muy necesaria, porque más pronta y completamente se inutiliza un gobierno popular por la tiranía de vanidad, que por la tiranía de poder: dos especies de tiranía muy distintas, que yo veo en mi imaginación, y que como las más de mis cosas, mejor las entiendo que las explico. Mas ¿apuesta Vd. algo a que muchos de las Cortes y los que los observan de cerca me entienden?"

martes, 22 de mayo de 2012

Sabiduría de café

Más claro, agua.


He aprendido mucho tomando cafés. En las conversaciones que he tenido mientras los tomaba. Escuchando a la gente con la que había quedado, preguntando o simplemente viendo pasar el tiempo. Las cafeterías son buenos lugares para la mente.


miércoles, 4 de abril de 2012

Capitalismo, una historia de amor


¿Cuando me engañaban? ¿Cuándo valía 30 o ahora que me lo dan por 3? Alguien sale perdiendo siempre. Eso seguro.

lunes, 19 de marzo de 2012

La falla de Picasso (cuento)

Renau, el seductor.


José Renau era un hombre seductor e inteligente que conseguía convencer a cualquiera de cualquier cosa. Idealista y apasionado, el artista valenciano participó en la construcción de diversos monumentos falleros en su juventud. A pesar de la opinión negativa extendida entre sus coetáneos, él siempre las consideró como un arte popular digno de ser alabado e hizo cuanto pudo por dignificarlas.

'El Guernica', de Pablo Picasso.


Uno de los logros menos conocidos de este empeño personal fue que convenció en su día a Pablo Ruiz Picasso para que diseñara un monumento. La idea se la propuso al poco de acabar el malagueño el Guernica. Según relata Jusep Torres Campalans en sus memorias Prosa traducida, inéditas en España pero publicadas por primera vez en México en 1967, la propuesta partió del propio Picasso, quien se mostró sinceramente interesado por la vertiente lúdica de la fiesta valenciana.
Ocurrió la noche del 30 de febrero de 1938, después de una opípara cena, según relata Torres Campalans. La propuesta surgió tras haber dado cuenta de seis botellas de vino entre Renau, Picasso, un intelectual francés, André Malraux, y su amigo español, el escrito valenciano Max Aub, quienes estaban preparando la película Sierra de Teruel. Al parecer, Aub comenzó a disertar de Valencia y de sus encantos, de las peculiaridades del pueblo valenciano y de sus fiestas en las que se trabaja durante un año para ver cómo arde, como una suerte de homenaje pagano al ciclo de la vida. Renau cogió entonces la iniciativa y comenzó a perorar sobre sus trabajos en monumentos falleros, su experiencia con las fiestas y cuánto le había aportado. Al oírles, Picasso, encendido por su contagioso entusiasmo y achispado por el alcohol, dibujó sobre una servilleta su propuesta para un monumento fallero en el que se incluirían todas las cosas que detestaba y que, por lo tanto, debían arder. Así, esbozó una escena central presidida por un gran signo del dólar a cuyos pies se esparcían todas las personas que Picasso despreciaba: dictadores fascistas, capitalistas avaros, militares crueles, sacerdotes inflexibles, beatos, y también críticos de arte mediocres, galeristas insensibles, intelectuales al dictado, pintores de segunda… hasta sumar 36 personajes. Hubo también un pequeño debate, ya que Picasso quería incluir un pequeño Stalin debajo de una hez expelida por Hitler, pero Renau finalmente le convenció para retirarlo. Una vez hubo terminado Picasso todos brindaron por las Fallas y desearon que ese monumento ardiese mil veces.
Renau guardó consigo aquel folio y, al día siguiente, aún obnubilado por los efectos del alcohol, lo llevó consigo de vuelta a España. Durante los años siguientes el dibujo estuvo en la cartera del artista y político valenciano, junto a su documentación personal, y no salió de allí hasta que por azar, ya entrado los años cuarenta, la Guerra Civil perdida para su causa, y él en México, se reencontró con su cuñado el escultor Tonico Ballester que acababa de salir de la cárcel. 

Max, Aub, retratista de cafés y almas.


Fue en uno de los cafés donde se citaban los españoles y que con tanto tino retrató Max Aub. Por azar, Renau extrajo el dibujo y se lo mostró a Tonico Ballester quien lo contempló no sin cierta sorpresa.
—¿Qué es esto? ¿Un dibujo de Picasso?
—Mejor. Su falla —le respondió Renau.
Ballester, que estaba camino de California, donde había encontrado trabajo en unos estudios de Hollywood, se mostró interesado por el proyecto y le preguntó a Renau cómo había surgido la idea. Éste le relató la historia de las seis botellas de vino, la noche de farra en París y sus disertaciones sobre las Fallas como un ejemplo de fiesta popular, así como el interés, a mitad camino entre lo etílico y lo sincero, de Picasso.
—Es una lástima —murmuró Renau.
—¿Por qué?
—Porque nunca se hará.
—Déjame que lo intente.
Ballester le explicó a su cuñado que tenía previsto instalarse en la Meca del Cine, noticia que hasta entonces sólo conocía su esposa, y que allí dispondría de material y mano de obra suficiente para poder llevar a efecto ese proyecto en apariencia imposible. Renau dudó pero finalmente accedió a cederle el dibujo a Tonico, sabedor de que su cuñado no lo malvendería para sacarse unos dólares, y éste partió para Estados Unidos donde, además de trabajar de decorador, realizó algunas de sus primeras esculturas.

Tonico Ballester, el testigo.


Sin entrar en muchos detalles, Torres Campalans asegura que Ballester logró convencer a algunos de los responsables del estudio para que le dejasen el material que precisaba. Aunque no concretó cuál era su intención, muy pronto corrió la especie de que uno de los españoles exiliados estaba preparando una obra a partir de un boceto de Picasso.
No hay imágenes del monumento fallero, que se encontró terminado en torno al 15 de marzo de 1944. Entre los motivos de este silencio visual se encuentra el hecho de que la obra fue creada con absoluta discreción. Sí que existe una constancia de la calidad del trabajo de Ballester, un hecho patético que evidencia hasta qué punto éste transmitió fielmente a las tres dimensiones la idea inicial del malacitano. En apenas dos días todos los ninots fueron arrancados del monumento. La primera noche desaparecieron tres de los más pequeños, una media luna, un sol y una paloma. Ballester no quiso darle importancia y lo atribuyó a una actuación malintencionada por parte de alguno de los miembros del estudio hostil a la causa republicana. Pero al día siguiente se esfumaron todos, hasta el más grande, un cerdo con cuerpo de toro realizado a imagen y semejanza de la óptica picassiana y que simbolizaba a los empresarios sin escrúpulos.
Indignado por el maltrato recibido por el monumento fallero, Ballester preguntó a los servicios de seguridad cómo habían permitido que sucediera eso. Cierto era que aquel monumento fallero no constituía ningún tipo de propiedad de los estudios, pero sí que era su trabajo y podrían haber tenido la consideración mínima de preservarlo. 

Dalí, avaricioso de talento.


Fue entonces cuando le revelaron una verdad que para él supuso asombrosa. Los que habían robado las piezas del monumento habían sido las principales estrellas del estudio. Y el que había encabezado ese asalto había sido Errol Flynn, jaleado por Salvador Dalí que esos días se encontraba en Hollywood, negociando su participación en una película de Alfred Hitchock. Había sido el de Cadaqués el que había sustraído las piezas pequeñas de la falla y las había llevado a la fiesta. Su intención es que las quemasen allí, pero los americanos comenzaron a hablar del lujo que suponía tener una obra de Picasso allí mismo, por pequeña que fuera. Junto a la cohorte de bailarinas y cómicos que pululaban en torno a él, Flynn irrumpió pasadas las tres de la madrugada en los estudios. Estaba decidido a que cada uno de los asistentes a su fiesta se llevase un ‘picasso’ en su casa y la mejor forma de hacerse con uno era asaltando esa extraña escultura de cartón piedra que estaba realizando un exiliado español. En apenas quince minutos, el centenar de invitados del actor norteamericano había desgajado el monumento de Picasso realizado por Tonico Ballester. De resultas de ese expolio sólo quedó en pie el gran signo del dólar, desvirtuado, que Ballester quemó de mala gana el día 19, a las ocho de la tarde, cuando el sol caía por el océano Pacífico.
Si bien Tonico Ballester procuró por todos los medios que la noticia no llegara a su cuñado, pronto éste fue avisado por una carta del mismísimo Picasso que, con la Resistencia intentando recuperar el control de las calles de París, tuvo tiempo para redactarle una misiva ofensiva en la que le acusaba de haberle decepcionado al ser incapaz de llevar a efecto su proyecto de una Falla. Renau se puso en contacto con Tonico Ballester, quien le explicó la historia con lujo de detalles. Tras ello, Renau pensó en explicarle al malagueño lo sucedido, pero comprendió que sería mejor decírselo en persona y dejó que el tiempo pasara, convencido de que sería el bálsamo para su ira.
Nadie se hubiera acordado de la falla de Picasso sino fuese porque mediados los cincuenta Dalí quiso hacer un monumento fallero en Valencia. El triste final de la falla de Picasso, desmembrada por los ociosos californianos deseosos de tener una obra del malagueño, le excitaba como un gran reto. En sus sueños de grandeza, el de Cadaqués aspiraba a que en la ciudad del Turia sucediera como en Hollywood y que, en apenas un par de días, su monumento fuera desmembrado por una ciudadanía ávida de su arte. Soñaba con decenas de valencianos abalanzándose sobre el monumento para llevarse un ninot a su casa. ¿Qué mejor publicidad que esa?, se dijo.
Animado por su entorno, Dalí se dispuso a remedar el modelo fallero picassiano y solicitó la colaboración del mejor escultor en activo en esos momentos en la ciudad. Si bien eran muchos los posibles candidatos, todos los dedos señalaron a Octavio Vicent quien, desconocedor de lo que le había acontecido a la falla de Picasso, se sumó al proyecto con suma alegría e ingenuidad. El sueño secreto de Dalí era que le robasen las piezas, sí, pero no le quitaron ninguna. No es que el monumento fuera malo, más bien al contrario, resultaba interesante. Su parte central era una gran plaza de toros y en derredor estaban los personajes. Lo que sucedió es que en la España de la dictadura nadie se hubiera atrevido a alterar mínimamente el orden. Y un buen valenciano lo último que hace es llevarse un ninot a casa.

La falla de Dalí, ese mito.


Así pues, a los cincos días de haberse plantado la falla, Dalí, angustiado, se escapó del hotel Astoria pasadas las cuatro de la madrugada, embozado con una gran capa, e intentó arrancar un ninot con la secreta aspiración de que eso, al menos, crease cierta polémica. Sin embargo, lo que sucedió fue peor. Como quiera que Octavio Vicent era hombre muy escrupuloso, tenía por costumbre pasar por delante del monumento antes del amanecer para observar su obra. Cuál fue su sorpresa al descubrir allí a una figura que de inmediato reconoció como la de Dalí, el hombre con el que había estado más de un mes negociando el monumento, que intentaba en vano sacar de su sitio un ninot.
—¿Qué demonios hace ahí, don Salvador? —le preguntó.
Dalí se volvió, consciente de que había sido capturado en un renuncio e, incapaz de asumir la vergüenza de su vanidad, se mostró airado y enfurecido con Vicent.
—¿Qué hago? Arreglar este desastre de falla, que parece que haya salido de mi culo en vez de mi cabeza.
Vicent, molesto, le recriminó sus palabras y le hizo ver que el proyecto era tal y como lo habían diseñado en su casa. Pero Dalí, consciente ya de que no era Picasso, de que las estrellas de Hollywood no se abalanzarían sobre su falla para llevarse ninots a casa, decidió pagar con Vicent su frustración y comenzó a culparle de todos sus males y de haber hundido su cotización como artista.
—¿Por qué siguen aquí todas las piezas? ¿Por qué no se las ha llevado nadie como en California?
—No sé que tiene que ver América con esto —comentó Vicent, desconcertado por la referencia— pero es que en Valencia la gente quiere ver arder las Fallas. El concepto es que las obras son perecederas porque el ser humano lo es. Por eso tienen que quemarse. Son una metáfora de nosotros, las personas, que al final moriremos.
—Qué estupidez. ¿Quién va a querer ver quemarse una obra de arte? No le creo. Lo que sucede es que usted ha hecho una basura indigna con mi arte y a la gente le parece mediocre.


Octavio Vicent, bajo el signo de Job.


Al escultor valenciano aquello le sorprendió sobremanera, no hacía ni tres días que Dalí había sostenido delante del alcalde que su trabajo había sido digno de Miguel Ángel, y pronto se enzarzaron en tal discusión que hubiera acabado a palos si no llega a ser porque les vio una pareja de la Guardia Civil y les separó. Uno de los miembros de la Benemérita, que oyó despotricar a Dalí, le diría a Vicent:
—Usted es un santo; yo, por la mitad de lo que le ha dicho a usted, lo habría matado allí mismo. Y seguro que el juez me absuelve.
Pronto fue común la noticia del fracaso de la falla de Dalí, que todos atribuyeron al carácter grandilocuente del de Cadaqués. Muy pocos sabían la verdad. Y uno de ellos fue Renau, que se enteró de la historia en uno de los cafés mejicanos que solía frecuentar, uniendo las informaciones que le llegaron a través de varios profesores de la Escuela de Bellas Artes y amigos de Octavio Vicent. Ató cabos y estuvo riéndose durante una semana.

Picasso, la vida es una fiesta.


Ya varios años después, en 1958, en París, camino de la República Democrática Alemana, Renau quiso visitar a Picasso para simplemente hablar y, quizás, comentar la posibilidad de recuperar la idea de crear juntos otro monumento fallero. Pero Picasso no le atendió y permaneció encerrado en su estudio. Renau atribuyó el desplante a la capacidad obsesiva de los artistas de abstraerse en sus obras y decidió esperar. Pasaron las horas. Finalmente, en torno a la medianoche, cuando ya estaba a punto de irse decepcionado, Picasso se asomó a la puerta de la casa.
—¿Por qué has venido?
—Para verte.
—¿Sólo?
—Y para contarte lo de la falla de Dalí.
—La falla de Dalí. Dios, eres el quinto que viene en tres años a contármelo. Yo que creía que venías a pedirme perdón.
—¿Por qué?
—Por no haber quemado mi falla.
—Pero, entonces… Era verdad. Tú querías hacer una falla.
—Por supuesto. ¿O tú qué te crees? ¿Qué lo dije por qué iba borracho? Yo quería hacer una falla y que se quemase, como arderemos todo porque nuestro destino es pasar. Quería ver mis dibujos hechos figuras y convertirse en ceniza, como los mortales, los que hemos de morir. Habría sido mi mayor obra de arte, la más auténtica, la más viva, porque habría nacido para desaparecer. Y ¿qué me cuentan? Que mis ninots forman parte de la colección de actorcillos americanos. Llevo once años cabreado contigo.
—¿Y qué podía hacer yo?
—Recuperarlos para quemarlos. Dime, séme sincero, ¿por qué no lo hiciste? Porque te conozco bien y sé que a ti no te para nadie. Si hubieras querido lo habrías logrado. ¿Por qué no moviste un pelo?
Renau miró al suelo, meditó unos segundos, pensó que Picasso se merecía una respuesta honesta, y finalmente respondió con sinceridad:
—Pensé que igual te molestaba que quemaran tus obras de arte. Además, como estás tan bien cotizado, la anécdota hasta te beneficiaba.
Picasso, indignado, alzó su puño y a duras penas contuvo sus deseos de pegarle.
—La verdad, Renau, no sé por quién me tomas. Si no te he atizado es por respeto a todo lo que hemos vivido.
Dicho lo cual, le cerró con la puerta en las narices.
Nunca más se volvieron a hablar. 
Renau sólo mencionó una vez más de la falla de Picasso en una carta a su cuñado firmada en 1963. En ella el artista valenciano exculpaba a Tonico Ballester del incidente de los estudios Warner, mostraba su pesar por no haber comprendido el sincero interés de Picasso y lamentaba haber desaprovechado la oportunidad de realizar más proyectos como ése con el artista de Málaga. Terminaba la epístola con una frase lapidaria: ‘No me podía imaginar que iba a ser tan persuasivo; he llegado a la conclusión de que a veces conviene no convencer a la gente y de que, si les convences, lo mejor después es no ser sincero’.