martes, 15 de noviembre de 2011

La Patagonia de Chatwin





La Patagonia comienza en la franja que va de la región de los Lagos chilena al río Colorado y llega hasta el confín del mundo, mirando al Sur de Shackleton, la Antártida. Son casi un millón de kilómetros cuadrados de tierra, el lugar más remoto al que se puede llegar andando. Desde que Magallanes atracó en 1520 e invernó en el puerto San Julián, hasta que a mediados del XIX arribaron los galeses de Liverpool, fue tierra de conquistas y luchas. Pero yo no voy a hablar de la Patagonia. No de la Patagonia auténtica, de la que pueden conocer viajando. Voy a hablar de otra que es ficción, que es papel, que quizá no sea estrictamente real, pero que va camino de convertirse en imperecedera.
Yo quiero hablar de la Patagonia de Chatwin, un espacio literario tan fidedigno como la Praga que nos muestra en su novela Utz. Para que se hagan una idea. En esta novela los basureros de Praga son actores, escritores, filópsofos católicos y poetas en paro en que se reúnen en un bar y pueden discutir sobre el fragmento de Anaximandro.
La realidad, en Chatwin, es ficción.
Hay un escritor argentino, el malogrado Adrián Giménez Hutton, al que se le cita constantemente como el desmitificador oficial de Chatwin. Pero no fue el que abrió la veda. También su biógrafo, que no hagiógrafo, Nicholas Shakespeare indagó. Y otros muchos. Todos llegaron a un mismo punto cardinal. Chatwin se apoyó en la realidad para escribir En la Patagonia. Pero no fue real. Quiso ser Cartier-Bresson, pero acabó siendo Man Ray. Y curiosamente, encontrándose a sí mismo como escritor, encontró su personaje.




Visto con perspectiva, sus mentiras son intrascendentes. Lo suyo no era periodismo. Ni siquiera historia. Era Literatura. Fantasía. Él lo que quería escribir era Viaje a Armenia, pero como ya lo había hecho Osip Mandelstam, tuvo que elegir un sitio. Y encontró un lugar en el mundo que nadie quería bombardear, un sitio desolado lleno de personajes exóticos. O así los vio él.
Chatwin tituló un artículo suyo de Anatomía de la inquietud “Siempre quise ir a la Patagonia”. Es inexacto. En realidad tenía que haberlo titulado “Siempre quise escribir Viaje a Armenia”. De ahí que no es extraño que uno de los que mejor entendió su En la Patagonia fuese Clarence Brown, traductor al inglés de Osip Mandelstam. A él le reconoció que incluso había plagiado expresiones suyas como “el acordeón de su frente”. Hay una anécdota divertida a este respecto. En un arrebato de decencia autoril, intentó subsanar el plagio y llamó al corrector del libro para que quitase la frase. Llegó tarde, el libro se estaba imprimiendo y el corrector le tranquilizó con una frase lacónica: “No se preocupe, que todos los escritores son plagiarios”, frase digna de entrar en una antología de verdades absolutas.
Dijo que fue tras las huellas de un pedazo de animal prehistórico. Aseguraba que mandó un telegrama al Sunday Times que decía “Me voy a la Patagonia”. Pero quizá todo sea un McGuffin, una excusa literaria. Probablemente, el telegrama no existió, dice Shakespeare. Pero el pedazo de animal prehistórico sí existía. Y el antepasado que lo envío, Charles Milward. Por cierto, un hombre que se hizo a la mar con doce años huyendo de Inglaterra tras ser apalizado por decir mentiras. Truman Capote negó la ficción para mostrar la realidad y creó la nonfiction novel, Chatwin negó la realidad para permitir la ficción, y creó un estilo que podríamos denominar como reality fiction, o simplemente, como de imaginación, al combinar imágenes y ficción. Con todo, sus mentiras fueron menos de las que se piensa. Y en algunos casos se trata de inexactitudes.
Para entenderlo bien me quedo con una frase que eecía Nicholas Shakespeare: Chatwin no contaba una media verdad, sino verdad y media. Así, una lectora de Agatha Christie se convertía en una fan de Mandelstam y la literatura rusa. Y una silla de acero inoxidable, en una obra de Mies Van Der Rohe.
Para Chatwin la verdad no es bella en sí. Busca la belleza aunque no sea verdadera, aunque tenga que ser mentira. Mezcla ficción y adolece de criterio histórico cuando narra el pasado. Por eso, decide convertir a su tío Charles en Charley, en una persona alta con desconcertantes ojos azules y patillas negras, que llevaba un sombrero marinero con informalidad, cuando en realidad era bajo y pelirrojo, se quedó calvo a los treinta años y llevaba siempre corbata negra.
Giménez Hutton, en su "La Patagonia de Chatwin" quiso desentrañar esa maraña e hizo una crónica de la crónica. “El viaje fue absolutamente real”, reconocía. “Di con casi todos los personajes o sus descendientes. Cambió algunos nombres, aderezó algunas historias, pero en general todo se basa en hechos reales”. Se basa. Ésa es la clave. No es lo mismo basado, que es. Chatwin se basa.
Una escritora argentina, María Sonia Cristoff, oriunda de Patagonia, salió en defensa del libro. “Chatwin es un gran escritor, creo que su libro "In Patagonia" le dio una importante vuelta literaria al relato de viaje del siglo veinte”. Con todo, le reconocía “una mirada parcial y subjetiva, la única que puede tener un viajero”. Y apuntaba: “Como todo viajero, es mal interpretado por los lugareños, que creen saber más de un lugar porque viven ahí. Como si uno fuera quien mejor se conoce a uno mismo: ¡qué utopía! Todavía no se instala en los lectores que un viajero literario, un viajero del siglo veinte y del siguiente, está dando únicamente su versión acerca de un lugar: ni siquiera está haciendo un tratado de historia ni de sociología. Si me preguntás qué Patagonia construyó Chatwin en su libro, te digo que una a su medida”.




Ésta es una interpretación habitual. Cito a Manu Leguineche: “Chatwin es un autor que ya no sólo mira y busca la realidad, sino que cuando se enfrenta a ella se arma de una idea. Sabe el tipo de libro que quiere hacer y el tipo de sorpresa que quiere dar al lector. A partir de ahí elabora una teoría que no sólo es la reproducción de la realidad, sino que todos sus apriorismos los recrea, los incorpora a la historia”.
La Patagonia de Chatwin existe. Pero es su Patagonia. Con un matiz, para complicarlo todo. Lo que cuenta no es siquiera lo que vivió o creyó vivir, sino lo que él quiere encontrar, lo que buscaba. Un ejemplo claro es el del talentoso en medio de la desolación, de la nada, encarnado por el personaje de Anselmo el pianista. Anselmo se llamaba Enrique Fernández, fue su amante, y como Chatwin, murió de sida en 1990, un año después que el escritor.
Hay una gran literatura sobre la Patagonia. Había grandes libros antes de Chatwin y los hubo después. Grandes autores. Saint-Exupery. En castellano, en francés, en inglés. Y nombres como Darwin, Julio Verne, Luis Sepúlveda. A quien quiera conocer la Patagonia, le recomiendo que vaya a verla por su cuenta.
Pero hay una Patagonia que vive gracias a Chatwin. Se podría hacer todo un estudio de los amantes de la Patagonia que han acudido allí tras las huellas de lo que aquel viajero vio, que era lo que le interesaba. Y ésa, es, sin duda, su grandeza. Abrió un camino. Un camino que no conduce a nada, más que al placer literario de confrontar la ficción con la realidad. Aunque, no sé si sería tan comprensivo si hubiera escrito sobre Valencia. Y está una duda que no puedo resolver: ¿Cuántas mentiras debe tener un libro para que entre de pleno en la ficción y su autor no sea considerado mentiroso?

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