viernes, 11 de noviembre de 2011

Sangre de placer

El vampiro ha sido el camino más corto a la hora de plasmar el sexo en cine, la brújula más directa para localizar el pecado. El sexo como un monstruo que nos asalta por la noche cuando dormimos (Nosferatu, 1922, F.W. Murnau), el sexo con ‘glamour’ de los años treinta (Bela Lugosi –Dracula, 1931, Tod Browning– con un esmoquin de fiesta), el sexo como un animal que no podemos controlar, dieron pie a que con el tiempo el vampiro se convirtiera en metáfora de la liberación sexual (encarnado en los filmes de la Hammer por el elegante Christopher Lee), perseguido por las autoridades y el orden establecido (que representaba la sobriedad de Peter Cushing). Pero los vampiros también han sido aquellos que emplean el sexo como arma de dominación a través de la belleza (los no muertos de El ansia, 1983, Tony Scott, prototipos de la beautiful people de los ochenta, tan elegantes, tan hermosos).
Dientes del pecado, sangre de placer, el vampiro es la imagen más adulta (que no madura) del cine convencional. Ha sido una de las metáforas más obvias y al tiempo asumidas de la historia del cine. Morder es hacer el amor. Hacer el amor duele. La sangre evoca otros placeres. ¿Qué son sino los vampiros de Crepúsculo (2008, Catherine Hardwicke)? Iniciación al sexo, su figura se presenta a un tiempo aterradora y emocionante para las adolescentes. La atracción del abismo. Lo prohibido. Enfrente, como gran rival, los hombres lobo, ¿acaso la vida convencional?
Por su condición de malditos, de vida al margen, la figura de los que duermen de día, de los no muertos, ha permitido toda clase de juegos narrativos para tratar el gran tabú: la lujuria. El sexo llega a la carne a través de la sangre, y la concupiscencia se desata bajo visillos que se mueven con formas curvas, como cuerpos de mujeres. Ellas, objetos del deseo por mor de una sociedad machista, son las culpables de adentrarnos en las tinieblas del pecado, de la deshonra, pero deshonra y placer, deleite e ignominia, son sinónimos.
En ocasiones han sido monstruos que alteraban el orden cotidiano, que había que expulsar (El enigma de otro mundo, 1951, Christian Niby). En ocasiones, familias disfuncionales, como Los viajeros de la noche (1987) de la ahora escarizada Kathryn Bigelow, o comunidades a las que hay que erradicar como los Vampiros (1998) de John Carpenter. Son lo ajeno, lo extraño, y conducen a la muerte. O a algo peor que ello. A veces un virus. Pero la norma, lo habitual, ha sido trasladar a la lucha del mal contra el bien o del bien contra el mal a los límites del pecado. Una batalla que se amolda a los cambios de época. No en vano el propio Francis Ford Coppola aludía al Sida cuando presentó su Drácula (1992). La sangre, el néctar de la vida, transformada en una tentación, con la daga de una enfermedad pendiendo sobre la cabeza. Coppola apuesta por la redención del pecador, de Drácula, a través del amor y la sexualidad femenina. Pero los enemigos del sexo lo persiguen. El capital, la ciencia, el orden establecido.
Un paso más adelante en esa identificación entre el sexo y el vampirismo ha llegado a través de la televisión. Son muchos los que ven en los vampiros de Sangre fresca (2008-, Alan Ball) un símil de la homosexualidad. En la serie la sociedad debate si se pueden casar o no los vampiros. Son aceptados por la ley, pero parte de la sociedad los critica, los ataca, ¿algunos grupos reaccionarios? ¿Un espejo de nuestro tiempo?

El cine ha vivido de la literatura vampírica. Se ha apropiado de ella. En parte porque el cine es un arte de apropiación. Es un vampiro (recuérdese Arrebato, 1979, Iván Zulueta). Es la gran esponja que todo lo absorbe y después lo expulsa. Es el mar al que llegan todos los ríos. Pero después, el agua se transforma. Ya no es dulce. Es salada. Beberla no sacia. El cuerpo pide más. Y nunca calma. Hay que volver a matar. Noche tras noche. De ello se lamentaba Louis de Pointe du Lac en Entrevista con el vampiro (1994, Neil Jordan), humillado por su maestro-amo Lestat, enamorado de Armand y de una niña, Claudia, por la que siente esa pasión que sólo pueden sentir los vampiros, tan obscena y a un tiempo casta, casi una exaltación de la pedofilia, aunque en realidad una obsesión de Anne Rice, la autora de la novela original, por su hija muerta, Michele, que falleció de leucemia a los cinco años de edad. El vampirismo ya había roto pues la última barrera, la infancia, cuando apareció la niña vampiro de Déjame entrar (2008, Tomas Alfredson), aunque en este caso se trata de una apología de la diferencia, pues ella, el mal, es la única que protege al niño acosado. Una nueva vuelta de tuerca. El mal hace el bien. El mal como salvación.
Lo diferente, lo insólito, lo alternativo, todo ha cabido bajo el manto de la capa. Con historias en los límites de la inmoralidad. El vampiro es el ariete con el que se rompen los muros de los tabúes, es la piedra de toque que nos escandaliza por su morbosidad. La imaginería de las prácticas sadomasoquistas impregna y da forma a la estética de una larga lista de películas de corte erótico de los setenta, que parecen rodadas en salas de BDSM. Era la reivindicación de los que no siguen las normas. La exaltación del underground. Ahora ese alegato está exento de la sexualidad basta de los setenta. Ya no se precisa mostrar mujeres desnudas, pechos juveniles, vellos púbicos, correas de cuero, cadenas y látigos. Ahora se es más sutil. Quizá por ello más inquietante.
Todo lo que nos da miedo se esconde bajo una figura que resume nuestros instintos más pavorosos. Hasta la xenofobia. Porque casi siempre los vampiros vienen de fuera. Casi siempre son nuevos en la ciudad. No pueden entrar en nuestra casa hasta que no les invitemos (Noche de miedo, 1985, Tom Holland). Una vez traspasada esa barrera, llegado el enfrentamiento, los vampiros mueren y regresa el orden establecido. El vampiro, el mal, a veces visto con simpatía, está condenado a perder, a ser destrozado por la luz del sol, a ser detenido por la fuerza de una cruz (el poder de la religión), a ser atravesado en el corazón con una estaca, el Sagrado Corazón, y desaparecer. Desvanecerse como cenizas. Polvo eres y en polvo te convertirás. 




Pero no siempre. En ocasiones pasan a formar parte de la sociedad, acaban imbricados en ella, o quedan ocultos entre las sombras (El baile de los vampiros, 1967, Roman Polanski), adentrándose por caminos nevados hasta nuestras ciudades. No podemos confiarnos. No hay quietud para los hombres. No la puede haber. El pecado está ahí. Esperando a que caigamos. Y no se irá. Seguirá. Esperando a mordernos. Esperando a que nos dejemos dominar. A que nos posea. Hasta que cedamos. Hasta que caigamos en la tentación. Cobijados por la noche, aguardan los negros agentes de las tinieblas para borrar todo lo que hay de bueno en la luz del día y conducirnos a la perdición, allí donde reside el pecado, la maldición y el placer.
Cualquiera puede ser vampiro.
Cualquiera puede amar lo que no debe.
En el fondo, ése es el mensaje único: que nosotros podemos ser los vampiros, que podemos caer en la tentación de la carne. En las peores tentaciones de la carne. Temed al mal. Puede adquirir vuestro rostro.

1 comentario:

  1. "El poder del vampiro estriba en que nadie cree en su existencia", como ya advirtió Stoker valiéndose del pseudocientífico profesor Van Helsing... Y es que "la superstición de hoy puede ser la evidencia científica de mañana".

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