martes, 15 de noviembre de 2011

Libros, libros, libros

        Me encanta este fragmento del capítulo 'Robar libros', de 'Una historia de la lectura' de Alberto Manguel.
"Estoy una vez más a punto de mudarme. Sobre el polvo antes oculto en rincones insospechados y ahora descubierto al cambiar los muebles de sitio, se alzan, de manera inestable, columnas de libros, semejantes a rocas esculpidas por el viento en un paisaje desértico. Mientras edifico montón tras montón de volúmenes familiares (algunos los reconozco por el color, otros por la forma, muchos por algún detalle de las sobrecubiertas cuyos títulos trato de leer cabeza abajo o desde un ángulo extraño) me pregunto, como suelo hacerlo periódicamente, por qué conservo tantos libros que, lo sé perfectamente, nunca volveré a leer. Me respondo que, cada vez que me desprendo de un libro, descubro pocos días después que era precisamente ése el que estaba buscando. Me digo que no hay libros (o muy pocos, poquísimos) en los que no haya encontrado algo que me interese. Me digo que, en primer lugar, los he traído a mi casa por alguna razón, y que esa razón puede volver a ser válida en el futuro. Recurro a excusas de exhaustividad, de rareza, de vaga erudición. Pero sé que la razón fundamental para conservar esta colección siempre en aumento es algo semejante a una voluptuosa codicia. Disfruto del espectáculo de mis estanterías abarrotadas, llenas de nombres más o menos familiares. Me complace saber que estoy rodeado por algo que se asemeja a un inventario de mi vida dándome indicios sobre mi futuro. Me gusta descubrir, en volúmenes casi olvidados, huellas del lector que fui en otro tiempo: frases garrapateadas, billetes de autobús, trozos de papel con nombres y números misteriosos, a veces una fecha y un lugar en la solapa del libro que me hacen volver a determinado café, a una lejana habitación de hotel, a un remoto verano de otros tiempos. Podría, si tuviera que hacerlo, abandonar estos libros míos y empezar de nuevo, en algún otro sitio; lo he hecho antes, varias veces, por necesidad. Pero en tales ocasiones he tenido que reconocer una pérdida grave, irreparable. Sé que algo muere cuando renuncio a mis libros, y que mi memoria sigue volviendo a ellos con afligida nostalgia. Ahora, con el paso de los años, mi memoria recuerda cada vez menos y se parece quizás a una biblioteca desvalijada: muchas de las habitaciones están cerradas, y las que siguen abiertas y disponibles para consultas presentan grandes huecos en sus estanterías. Tomo uno de los libros que aún quedan y compruebo que varias de su páginas han sido arrancadas por vándalos. Cuanto más decrépito es el estado de mi memoria, mayor es mi deseo de proteger este almacén de lo que he leído, esta colección de texturas y voces y perfumes. Poseer estos libros se ha convertido para mí en algo de máxima importancia; soy un celoso amante del pasado."




         Para la mitad de los españoles, los que leemos, los libros nos describen cómo a otros lo hace la ropa. Cuando vamos a casa de alguien que también lee, solemos ojear en los lomos de las estanterías, buscamos aquellos libros que tenemos en común y, quién más quien menos, se hace su primera composición de su anfitrión en virtud de sus lecturas. Puedes estar ideológicamente en las antípodas de alguien y cuando descubres que lees los mismos libros, que tienes juicios similares sobre ellos, te das cuenta de que tienes muchísimo más en común con esa persona que con otras que comparten tu misma visión de la política y la vida.
       Los libros son las voces de los que nos precedieron y de los que comparten nuestro espacio y/o tiempo. Los libros son extensiones de las personas. Tanto da si son en papel o en PDF, cada libro que tenemos, cada libro que leemos, que promovemos, nos enriquece y nos endurece para la vida. No creo que sea bueno o malo que desaparezca el papel, como parece que va a suceder. Eso sí, dejo constancia de lo que supone perder esa iconografía, del mismo modo que la aparición del libro tal y como lo conocemos hoy acabó con la iconografía de los rollos de la Biblioteca de Alejandría.
        El tiempo pasa y no va a esperarnos y esa imagen de ahí arriba, la de la estantería que me ha acompañado en dos mudanzas y tres casas, quizá sea una reliquia en cincuenta años.

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